 | |  Ay, cuántas cosas que fueron y que ya no son!
Cuando tomé mi primer "trago corto", recuerdo que lloré, "regurgité" y tosí como tose alguien a quien un juez "le canta" 20 años.
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Ay, cuántas cosas que fueron y que ya no son!
Cuando tomé mi primer "trago corto", recuerdo que lloré, "regurgité" y tosí como tose alguien a quien un juez "le canta" 20 años.
Ya se bebe por litros, acompañado de hielo... y no mucho hielo. Lo del "trago corto" pasó a la historia, junto a la antigua "tercia", que "acompañaba" al trago, siempre a "palo seco"
Lo del "palo seco" tiene su historia. Era el trago de una bebida "espirituosa" que se bebía" sin "acompañamiento", a lo sumo con un poco de hielo, pero regularmente sin nada.
Luego empezaron a ponerse de moda los "gingers", las "colas", pero sin exagerar.
En el Casino Central, de La Vega, las damitas bebían colas y, si acaso, un poquitín de cerveza. Nosotros, hombres hechos y derechos, pedíamos una "botella" de nuestro ron favorito, ligábamos debidamente y nos dábamos cada "petacazo" de "chupe usted y a correr se ha dicho". Eso sí, sin importar que fuéramos ocho o diez los varones, no se pasaba de un "pote" (como lo llamaba la gleba insurrecta), porque de lo contrario corríamos el peligro de hacer el ridículo en la pista de baile.
¡Qué tiempos aquéllos!
Recuerdo que con cinco cheles (no centavos) entrábamos a matineé los domingo en la tarde, comprábamos dos paquetes de maní tostado en cáscara y nos sobraba un chele para comprar una menta para "la muchacha".
Con cinco cheles nos comprábamos una barquilla enorme en lo de "Win Sang Long", frente al parque.
Cuando contábamos con un "clavao" (veinte "enormes" centavos), ¡invitábamos a la "muchacha! indicada y a su acompañante a comer un bizcocho de piña "que le zumbaba el mango". Y los cinco centavos que quedaban, los dejábamos con un gesto olímpico de propina al camarero, y salíamos satisfechos, pero con el bolsillo vacío.
Con un chele comprábamos un trozo de arepa en el mercado, que quedaba frente a la Alta Escuela Juan Pablo Duarte, del señor Serrano y doña Inés, el primero puertorriqueño y la segunda de Jalisco, México.
En ese colegio (porque era un colegio, tanto para internos como para externos), había que estudiar, razonar y saber explicar cualquier problema que se nos ponían, o entrábamos en contacto con la mano derecha del señor Serrano (Manuel Acevedo y Serrano) quien, dicho sea de paso, nos "abría el entendimiento de manera asombrosa".
Doña Inés, por su parte, tenía el dedo medio de la mano derecha que parecía un martillo de repetición, puesto que cada coscorrón que "otorgaba" sacaba chispas.
Cuando se acumulaban 5 cheles, ya la cosa cambiaba. Ya eran "5 centavos", que daban para muchas cosas, como ya dije antes.
Después de la matinée, los varones nos reuníamos en el parque y las damitas hacían su grupo aparte.
Pero, ¿qué pasaba? Mientras nosotros dábamos la vuelta al parque de norte, sur, este y oeste, ellas hacían lo contrario. El asunto era que en cada vuelta nos topábamos y las "picadas de ojos estaban a la orden del día. En lo que a mí respecta, tenía amores con una delicada joven, pero el problema consistió en que... ¡ninguno de los se lo dijo al otro! Por consiguiente, ¡nos fuimos en blanco!, pero sabiéndolo.